¿Por que muere la capacidad de amar?


Sencillamente, cuando el grado de dolor es inmenso se cierra toda posibilidad de apertura a una nueva relación. Cuando se tiene la sensación de haberlo apostado todo por una persona, llegando a tocar el cielo en el tope de amor, y sin embargo, el resultado final ha sido pésimo. Sencillamente, porque se ha recibido, mucho menos de lo que se ha dado.

El corazón se agota por momentos, y esto es muy saludable, ya que en una situación de este tipo, la persona puede recuperar energías al centrarse nuevamente en sí misma. De este modo, descansa más, hace planes con sus amigos, cultiva los momentos de soledad, se rodea de las personas que de verdad le aportan cariño… Todos estos ingredientes son necesarios para el proceso de recuperación de una terapia emocional.
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Sueños que mueren


¿Dónde van a parar los sueños que se rompen? A algún rincón del alma dejando una huella de decepción, desencanto, rabia y dolor. No es positivo dejar de soñar pero a veces, las malas experiencias, los amores rotos o las amistades que quedaron a mitad de camino te hacen sentir tan vulnerable que prefieres dejar de soñar antes que arriesgarte a sufrir de nuevo.

Es decir, antes que apostar por la confianza en los demás. Existen épocas de la vida en las que todo se ve de un color gris muy oscuro. Y parece que tienen que pasar siglos hasta que la luz del sol vuelva a brillar. Cuando se habla de amor es mejor ser realista, es decir, no caer en utopías ni en historias idílicas.
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Hacer frente a la muerte de la pareja


El amor es un sentimiento tan complejo y grande a la vez que está cargado de infinitos matices. Los momentos de mayor éxtasis en pareja contrastan con los de un sufrimiento desgarrador. Lo cierto es que nadie puede evitar sufrir porque la otra persona no te resulta indiferente, es decir, te importa. Por ello, te implicas en aquello que le pasa puesto que de una forma indirecta también tiene que ver contigo.

Por ejemplo, nadie puede evitar sentir dolor ante el amor no correspondido. Del mismo modo, la sensación de injusticia es notable cuando una persona tiene que hacer frente a la muerte de su pareja. A ese adiós definitivo que deja una herida profunda en el alma en tanto que, aunque el amor tiene vocación de eternidad, no se puede hacer nada por derribar los muros de la muerte.
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Superar juntos la pérdida de un hijo


La muerte de un hijo debe ser una de las experiencias más dolorosas que los padres pueden vivir y existen muy pocas posibilidades que logren salir adelante fácilmente.

En el caso entre madre e hijo jamás se cortara el cordón umbilical y la conexión entre ellos es permanente; entonces al irse uno, se siente como si al otro le faltara una parte de sí.

Cada uno vive su propio duelo según su manera de ser. Pero existen algunos parámetros que son importantes compartir para que sirvan de orientación a la hora de sobrevivir con el duelo.

– Es importante exteriorizar los sentimientos y no creer que si no se llora no se sufrirá. Por el contrario, uno se desahoga y se siente que se ha quitado parte de la dramática situación que le ha tocado vivir.
– No hay que cerrarse al dolor, pues tarde o temprano termina por explotar afectando tu cuerpo y mente. Además es esencial mantener los espacios personales, y respetar esa privacidad. Así, si alguno desea estar solo para expresar su dolor, está en su derecho.
– No fijarse plazos. Este proceso psicológico seguirá su propio curso, dependiendo de la persona y del momento que vivía a la hora de sufrir la pérdida.
– Finalmente, acude a todos los recursos necesarios que te ayuden a convivir con tu dolor, como psicoterapias, cursos de aprendizaje, grupos de apoyo, etc.

Y lo más importante es que los padres a quienes les toque vivir éstas dolorosas circunstancias deben saber aprender a vivir sin el hijo.

Cuando ya se ha procesado el dolor se deben encontrar nuevas motivaciones para vivir sin el hijo perdido. Y enfocar sus vidas a nuevos caminos como, acercarse más a los demás hijos o, de no haberlos, recuperar la relación de pareja entre ambos, quizás un poco olvidada o sustituida por el cuidado del hijo al que han perdido.