Amor y familia en el siglo XVII


El siglo XVII representa una época de crisis a nivel europeo. De hecho es algunos países la población experimenta un estancamiento muy acusado debido a las guerras, el hambre y la peste.

En relación a los aspectos familiares, hasta los siete años, los niños eran cuidados por las madres. Pero a partir de esa edad, la educación era cosa del varón: La severidad y la disciplina eran los métodos más extendidos para transformarlo en un ser útil y cristiano responsable.

Además, había claras diferencias de trato según el sexo: Bajo la tutela de la madre, las niñas realizaban actividades adecuadas para su socialización. El objetivo consistía en convertirlas en futuras buenas esposas. ¡Qué supieran leer o escribir no era importante! Únicamente las niñas de status más alto tenían el privilegio de tener un preceptor en la casa.

La única salida de vida decente para las féminas era el matrimonio. Éstas tenían que pagar una dote a su pretendiente para poder casarse. Las tareas domésticas eran asignadas a las mujeres y dependiendo de si se trataba de un entorno rural o campesino, tenían mayor o menor volumen de trabajo. Las prácticas religiosas se convirtieron en una vía de escape ante las funciones del hogar.

Por ejemplo, en México los padres que no estaban de acuerdo con la celebración del matrimonio de sus hijos, ponían en práctica soluciones extremas como el secuestro, la violencia, insultos, encierro y todo tipo de malos tratos.

Las autoridades eclesiásticas y civiles seguían ejerciendo un severo control en cuanto a la sexualidad. La inquisición perseguía todo un repertorio de delitos sexuales.

El amor estaba considerado como enfermedad generadora de la melancolía, que podía remediarse bien con un tratamiento homeopático (el amor se cura con amor), bien con un tratamiento aleopático (el amor sólo se cura por la vía de la búsqueda de otros placeres.

El matrimonio en la Edad Media


Durante los diez siglos en los que aproximadamente se extiende la época de la Edad Media, el “amor correcto” y la “sexualidad adecuada” se entendían, exclusivamente, en el seno de la institución del matrimonio.

En cuanto a la reglamentación del matrimonio y las relaciones carnales, los judíos y musulmanes disfrutaban de “mayor margen de maniobra”. Sin embargo, la presión era constante en el caso de los cristianos. Eso sí, se daba una verdadera dominación del varón sobre la mujer en las culturas judía y musulmana.

Las altas esferas eclesiásticas instituyen el sagrado matrimonio. Y la explicación es sencilla: Anteriormente, la tradición de los bárbaros tenían aceptado el concubinato, el adulterio, con la posibilidad de unirse y separarse libremente. Alejando prácticas “no deseables”, a la Iglesia se le ocurrió establecer, según ellos, “un buen orden social”. Por esta razón, asentaron el matrimonio como institución.

Cada uno de los cónyuges desempeñaba una función concreta. Con el fin de asegurar la armonía de la convivencia, los hombres eran los encargados de mantener a la familia, las mujeres de cuidar al esposo, los hijos y la casa.

Otra condición del matrimonio es que éste debía ser heterosexual. Las relaciones entre individuos del mismo sexo estaban prohibidas, con la amenaza de la excomunión.

Surgió el concepto de “pecado” para todos aquellos que se atrevían a mantener relaciones sentimentales o sexuales fueran del matrimonio. Además la mujer debía ser “virtuosa al máximo”, esto es llegar virgen al matrimonio.

Para que el varón se asegurase la paternidad de la criatura, a las mujeres se las exigía la responsabilidad de la castidad. De hecho, eran terribles los castigos impuestos a las féminas por adulterio.
Las relaciones sexuales únicamente tenían un objetivo: Acto coital con fines reproductivos. Quedaba fuera de lo “correcto” cualquier otro goce o disfrute.

El amor en el siglo XIX


A finales del siglo XIX y dentro del marco del concepto de “amor libre” se formaron parejas que recurrían a la ideología anarquista.

Las personas adultas pueden llegar a establecer un acuerdo libre, entendiéndolo como un compromiso legítimo que ha de ser respetado por quienes lo suscriben así como por terceros. De aquí se explica que las relaciones sentimentales o sexuales no necesitasen de ningún permiso o autorización expresa del Estado ni ningún compromiso religioso.

De este modo Émile Armand refleja el amor:

Los sexos se atraen mutuamente, se buscan naturalmente, normalmente: este es el hecho original, primordial, la base fundamental de las relaciones entre las dos mitades del género humano. Por otro lado, es una locura querer reducir el amor a una ecuación o limitarlo a una forma única de expresión. Aquellos que lo intentaron se dieron cuenta bien pronto de que habían equivocado el camino. La experiencia amorosa no conoce fronteras. Varía de individuo a individuo.

En términos generales, durante esta época el amor es considerado a la vez un principio divino y un principio de perdición. Y es que la idealización de la figura femenina conduce a Dios pero también puede suponer una fuente de fatalidad y destruir al hombre.

El siglo XIX está salpicado de diversos acontecimientos políticos y sociales. Y en lo que respecta a los movimientos literarios triunfa el Romanticismo. Se comienzan a ver parejas de individuos entregados al amor y cuyos lemas eran los siguientes:

1- Rebelión del individuo contra cualquier norma que la impida expresar sus propios sentimientos.
2- Absoluta libertad en política, moral y arte.
3- Mantienen una actitud idealista que no corresponde a la realidad que los rodea y los lleva a la rebeldía contra la patria, la sociedad e incluso contra Dios.
4- Como consecuencia del enfrentamiento entre su espíritu idealista y la cruda realidad, se produce la desesperación y el desengaño.
5- Si en el siglo anterior la verdad era igual a belleza, para el Romanticismo sólo la belleza es la verdad.